La hoja que no había caído en su otoño.

¡Saludos! en esta ocasión les comparto más que un análisis estructural una reflexión acerca del significado intrínseco de un cuento escrito por Julio Garmendia, titulado “La hoja que no había caído en su otoño”. Dicho escritor es de mis escritores venezolanos favoritos el cual considero tiene un exquisito lenguaje metafórico que nos hace entrever mensajes bajo una hermosa prosa, encuentro en sus cuentos y relatos cortos mucho más valor que en una novela de grueso tomo de algunos autores, entre sus líneas se observa que no sólo tiene un exquisito uso del lenguaje sino que a la vez es sencillo, es fabuloso y es simplemente algo con lo cual sentirse identificado a nivel social y emocional.

Cita biográfica

GARMENDIA, JULIO. Escritor venezolano nacido en la hacienda El Molino, cerca de El Tocuyo, Estado Lara, el 9 de enero de 1898, y fallecido el 8 de julio de 1977 en Caracas. Autor de tres libros, La tienda de muñecos (1927), La tuna de oro (1951) y La hoja que no cayó en su otoño (1979), que suman 24 cuentos. Fuente

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Extracto del cuento

Entre sus extensa obra rescato en esta ocasión “La hoja que no había caído en su otoño,” un pequeño cuento publicado póstumamente en 1979 por Monte Avila Editores, el cual leí cuando era niña en una pequeño libro de bolsillo que tome por un largo rato de la biblioteca de una muy celosa hermana mayor.

Esta era una hoja, una hoja que no había caído en el día de su otoño, como todas las otras de la ceiba, y que, finalmente, había venido a quedar íngrima y sola en lo alto de una rama del gran árbol, cuando ya todas las demás, o habían caído, o habían sido llevadas por el viento, o tumbadas por la lluvia, o desprendidas por el frío. Sólo aquella hoja quedaba allá en lo alto, en las desnudas ramas, y ni se desprendía, ni se aflojaba. Fuente

Análisis personal acerca de su significado

Es un cuento que nos explica un poco acerca de la caducidad de las cosas, no solamente de la vida, es una metáfora un poco pesimista pero que a su vez intenta mostrar que los cambios no son necesariamente malos y que hay ocasiones en que es mejor dejarse morir.

A veces nos aferramos a las cosas de la vida, al respirar no solamente como impulso involuntario, a las cosas que hacemos, nuestras relaciones o aquello que creímos querer se tornan como un compromiso interno, al no abandonar cuando las cosas no resultan como deberían ser, a veces esto es bueno, al quedarnos un poco más hacemos que las cosas funcionen, que los malos tiempos se transformen y que salgamos triunfantes, ese instinto guerrero que nos dice que es necesario seguir luchando un poco mas esperando un resultado a favor, pero el mismo en ocasiones no nos permite admitir o tomar la decisión que algo ha llegado a su fin.

Esporádicamente solemos ser la hoja que no ha caído en su otoño, hacemos que nuestras relaciones, bien sea con una carrera, un empleo, una afición, actividad o una persona sean esa hoja que se niega a morir aun cuando la circunstancias están dadas para que así sea, se nos olvida cumplir ciclos, entender que cerrarlos no significa abandonarlos, simplemente todo tiene su periodo de obsolescencia y negarse a hacerlo nos estanca.

Entonces, ser obstinados no resulta tan bien como esperamos, no solo nos enferma, sino que nos hace vivir arrugados y secas rodeados de nuevas hojas, aguantando tempestades a las cuales no deberíamos someternos y para las cuales no estamos ni física ni emocionalmente preparados. Vivir aferrados al árbol de una idea incluso nos hace esclavos de ella.

La muerte, no necesariamente debe ser algo negativo, es solo un paso más y con ellos vienen mas transformaciones, la materia no se pierde, simplemente se aprovecha para otros fines, en este sentido, debemos morir cada vez que sea necesario, nuestro afectos no deberían ser un impedimento para dejar que las cosas terminen en nuestra vida, solo las cosas realmente importantes perduraran hasta el final de nuestros días en nuestros recuerdos, siendo que hasta nuestros seres queridos mueren por qué no habrían de hacerlo aquellas pasiones, aquellas obsesiones laborales, aquellas aficiones o vicios y también el amor, por qué no habría de morir el amor, el verdadero nunca lo haría, pero las relaciones deberían también tener su ciclo, algunos no lo harán obviamente, pero cuando el amor a una persona, a un empleo a una actividad, nos hace soportar los vientos de agosto cuando ya no somos verdes de primavera, las cosas deberían terminar .

Hay que admitir que a veces las cosas merecen ser la hoja que adorna a un árbol y otras simplemente le toca ser parte de la nueva vida de algún brote en el suelo, pero nunca debemos permitir que nuestra obstinación, nuestro orgullo y nuestro temor a dejar ir, el miedo a los cambios, nos obligue a estar aferrados a un árbol que ya no nos aporta nada sino sufrimiento y mucho menos dejarnos llevar estrepitosamente por vientos infinitos con temor a tocar el suelo en la codena de no caer jamás. Hay que caer, hay que dejarse caer y solo así vendrán nuevas cosas.

Espero les haya gustado. Les invito a leer mis próximas publicaciones y siempre estaré dispuesta a responder sus preguntas y comentarios. ¡Muchas gracias!

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